Entre las once y las doce de la noche de este martes escuché algunas cosas que me devolvieron la esperanza en una radio distinta. Concretamente, deambulé por tres propuestas: la 2x4 (cómo me cuesta ese nombre; yo le sigo diciendo fm tango), La voz de las Madres y Radio Nacional. Sé que lo heterogéneo de las opciones le sorprenderá a más de uno. Se sabe: la idea que Leonel Godoy tiene del tango y, en general de cualquier expresión cultural, es reaccionaria sin fisuras: de Piazzolla muy poquito, nada de Rovira y guay de aquel que se atreva a deslizar una disonancia con espíritu vanguardista. Lo mismo con los cantores y cantoras: ¿sabrá quién es Patricia Barone? ¿habrá escuchado a Marcela Bublik? Otra característica de su anquilosamiento es el absoluto desprecio por la música entendida como hecho social, atravesada por la historia y sus condiciones materiales, entretejida con discursos impregnados de valores, segregaciones, liberaciones, en fin, la cultura que se nos mete por los poros. soslaya, obviamente, las canciones que insinúen alguna referencia a injusticias sociales o explotación. Lo que me resulta indiscutible es la calidad de Godoy a la hora de contar una anécdota chiquita y convertirla en algo atractivo para el oyente: imanta la atención, que no es poco. Esta capacidad para ponerse frente a un micrófono y hablar trasciende cualquier dimensión ideológica; tiene que ver con el paño, un estilo de hacer radio. Y justamente ayer pasó una entrevista telefónica al cantor Osvaldo Rivó en radio Belgrano, es decir, vaya a saber cuándo, porque las idas y vueltas de "La noche con amigos" son innumerables (alguna vez habría que hdedicarle un apartado a los conductores que, se nota , andan sobrados de banca, que se van de una radio y pasan a otra sin solución de continuidad, cayendo bien parados en todas las jugadas). Me dio gusto escuchar la charla: la tonadita franca y campechana de Rivó, la maestría para hacer de cada eslabón de su trayectoria un momento precioso desde el cual mirar un tiempo que, no por lejano, deja de chispear y convocar tanto a quienes lo vivieron como a los que, sin poder contarlo de primera mano, nos asomamos a él a partir de conversaciones como ésta. Destaco también el ritmo dinámico que le imprimió Godoy, sin por eso escamotearle tiempo a la charla, siempre con esa cancha envidiable para meter las canciones en el momento justo y retomar el diálogo; ese "no se vaya Rivó, ¿me espera ahí?" que le permitía franquear el paso entre las palabras y la música. También di vueltas por radio Nacional y lo encontré a Pancho Muñoz haciendo un programa que se llama "Pura cháchara". Escuché al tanguero Gabriel Soria, no sé si de ocasión o como columnista. Siempre es un placer escuchar los programas de Pancho, su manejo sin afectaciones del lenguaje porteño, el humorismo cordial y no por eso menos ácido, la poesía y la meditación rondando siempre el afecto de las palabras. Finalmente la radio de las madres y el programa "La atardecida" que conduce Sandra Ceballos y de quien no tengo otras referencias. Esta audición iba los sábados de 18 a 19, algo que justificaba más el nombre; pero igual me gusta que se siga llamando así, le da un matiz de extrañeza. Pesqué una charla con Edith Rossetti, cantante que sabe conjugar una voz afinada con la calidez y el temperamento en la expresión. A diferencia de muchos artistas (y particularmente los músicos) que cuando se les pregunta por el sentido de su quehacer sólo atinan a balbucear o proferir algunas onomatopeyas, como si la imposibilidad de sostener un discurso coherente sobre el arte que realizan o desean fuera sinónimo de hondura metafísica (no es lo mismo ser profundo que haberse venido abajo, decía la canción), Rossetti aprovechó bien el tiempo y habló sobre el sentido de su búsqueda, de cómo su último disco, "Al pie del viento", si bien no contiene ninguna canción de Yupanqui, está inspirado en su libro "El canto del viento". Su primer disco, que no escuché, viene muy marcado por la música de Santiago del estero y hay también una huella pampeana. La conductora dijo que le sorprendía la inclusión en este último disco de un tema que inmediatamente puso al aire: "El Chueco Maciel". Si en la interpretación de Viglietti se nota la barricada, esa rabia a flor de piel movida por una esperanza capaz de redimirla y purificarla gracias a la lucha y el triunfo final de la revolución, lo que transmite la cantante es algo distinto: un dolor ya destilado de heroísmos y por eso más encarnado; como dijo ella en la charla: una canción bella, dolorosa, real, no una apología del delito.
Bien, me asomé a tres propuestas muy diferentes pero con algo en común: el hacer de la palabra un mundo que abre otros mundos; palabra que se proyecta y amplifica y en su propio desplegarse permite escuchar al otro, tendiendo un puente tan frágil como deseable de caminar.
martes, 6 de mayo de 2008
domingo, 20 de abril de 2008
Hoy Quiero brindar con la radio. Tengo muchas cosas que agradecerle y varios reproches que bien puedo dejar para otro día, pero no sé dónde se habrá metido la desgraciada. Va, para ser franco, nunca la conocí en persona. Ya, Necesito que se presente en este mismo lugar, pero ¿quién le avisará que la estoy buscando? Me cuentan que la ven a diario en domicilios localizables, entre gente que viene y va por pasillos agitados con papeles que llegan a las manos de personas frente a una extraña bola que es posible hacer girar sobre una pequeña base. Me dicen que le guarda fidelidad a los que se pasan largo tiempo entre botones y máquinas para que las ondas sonoras se propaguen por el espacio. No es que desconfíe de lo que me cuentan, pero... Yo siento su presencia, aunque no tenga rostro: en la voz del locutor primerizo que pifia un nombre; en el operador que pone la cortina como se debe, sobre el pucho, aunque el programa que sale le interese un carajo; en el conductor ya cansado que sabe que hoy es sólo la sombra de lo que alguna vez fue y sin embargo sigue allí, acaso porque presiente que una última ráfaga de lucidez lo despertará de su letargo y será de madrugada, con un oyente insomne, desvelado, como único testigo del prodigio; en el relator que le pone emoción a las jugadas más insignificantes, porque su exageración es un motor que empuja el deseo del hincha que lo sigue; en la persona que hace una pausa para pensar, sin miedo al bache; en esa otra que desparrama sexo cuando lee el informativo. Hay radio en la voz engolada y en el bache letal; en la convicción tanto como en el balbuceo; en la respiración entrecortada y en la risita idiota; en el pescado podrido y en el animal de radio; en el que suda y en el que se afloja. Ahí donde se cruzan los caminos o se apartan para siempre. Porque una vez puse la oreja y en la vereda me sentí como en casa. En el silencio que satura y en el ruido de la intemperie. En esto que callo para seguir hablando.
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