domingo, 20 de abril de 2008

Hoy Quiero brindar con la radio. Tengo muchas cosas que agradecerle y varios reproches que bien puedo dejar para otro día, pero no sé dónde se habrá metido la desgraciada. Va, para ser franco, nunca la conocí en persona. Ya, Necesito que se presente en este mismo lugar, pero ¿quién le avisará que la estoy buscando? Me cuentan que la ven a diario en domicilios localizables, entre gente que viene y va por pasillos agitados con papeles que llegan a las manos de personas frente a una extraña bola que es posible hacer girar sobre una pequeña base. Me dicen que le guarda fidelidad a los que se pasan largo tiempo entre botones y máquinas para que las ondas sonoras se propaguen por el espacio. No es que desconfíe de lo que me cuentan, pero... Yo siento su presencia, aunque no tenga rostro: en la voz del locutor primerizo que pifia un nombre; en el operador que pone la cortina como se debe, sobre el pucho, aunque el programa que sale le interese un carajo; en el conductor ya cansado que sabe que hoy es sólo la sombra de lo que alguna vez fue y sin embargo sigue allí, acaso porque presiente que una última ráfaga de lucidez lo despertará de su letargo y será de madrugada, con un oyente insomne, desvelado, como único testigo del prodigio; en el relator que le pone emoción a las jugadas más insignificantes, porque su exageración es un motor que empuja el deseo del hincha que lo sigue; en la persona que hace una pausa para pensar, sin miedo al bache; en esa otra que desparrama sexo cuando lee el informativo. Hay radio en la voz engolada y en el bache letal; en la convicción tanto como en el balbuceo; en la respiración entrecortada y en la risita idiota; en el pescado podrido y en el animal de radio; en el que suda y en el que se afloja. Ahí donde se cruzan los caminos o se apartan para siempre. Porque una vez puse la oreja y en la vereda me sentí como en casa. En el silencio que satura y en el ruido de la intemperie. En esto que callo para seguir hablando.